Una de nuestras variedades autóctonas más emblemáticas y también una de las más cultivadas en nuestro país gracias a su gran versatilidad y capacidad de adaptación a una gran variedad de climas. Se trata de una planta versátil, capaz de adaptarse a una infinidad de terruños distintos, en los que muestra un perfil diferenciado sin perder en absoluto su esencia.

El vino de garnacha transporta con nitidez el carácter del terruño, y varían mucho dependiendo del terroir en el que se asientan.

La cepa de garnacha es vigorosa y produce racimos más bien grandes y compactos. En su fina y rojiza piel recae uno de los secretos de su carácter. En el campo es sensible al corrimiento y requiere suelos bien drenados, pero, a cambio, resiste bien la sequía y el viento. Prefiere terrenos poco fértiles y adora cierta altitud.

Un exceso de calor o una vendimia demasiado tardía puede disparar su graduación, por lo que en algunos lugares se prefiere plantarla mirando al norte, para que goce de más horas de sombra como nuestro Jirón de Niebla. Cuanto menos expuesta al sol, más floral, como en nuestro Barrera de Sol, cuanto más lenta la maduración, más compleja y cuanto más pobre y recio el suelo, más intenso el vino.

La garnacha de zonas con cierta altitud y no muy expuestas al sol madura lentamente y produce vinos sabrosos, elegantes, minerales y con una increíble textura, como es el caso de nuestro La Quebrá.

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